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El 5 de abril de 2014, León Freitag [se pronuncia Fri-tag] recibió una sentencia de muerte. Se le diagnosticó un mesotelioma pleural, una forma incurable de cáncer causada por el contacto con el asbesto. "El médico me dijo que reuniera a mi familia, porque solo me quedaban entre doce y dieciocho meses de vida", recuerda Freitag. "Según él, yo no tenía esperanza alguna de sobrevivir."

Freitag, quien ha servido como Superintendente del Concilio de Distrito de Dakota del Norte de las Asambleas de Dios desde 1999, tuvo poco tiempo para absorber esta noticia que le cambiaría la vida. Estaba en medio de los preparativos para el Concilio de Distrito, que comenzaría dos días más tarde.

La noticia sobre la enfermedad de Freitag de propagó con rapidez en Dakota del Norte, donde los ministerios y los miembros de las Asambleas de Dios se hallan estrechamente unidos como una familia. ¿Qué le iba a suceder a aquel líder amable y de voz suave que era conocido por su amor hacia la gente y su pasión por ganar almas? ¿Sobreviviría? ¿Renunciaría a su cargo?

Freitag reaccionó ante la noticia de su cáncer comprometiéndose a vivir su fe frente a la gente a la cual servía. Con las mejillas llenas de lágrimas, les dijo a todos en el Concilio del Distrito que confiaba en que Dios haría un milagro. Tenía la intención de servir hasta el final del último año de su mandato, y consideraba su sufrimiento como una lección objetiva para aquellos que lo rodeaban.

Durante décadas, Freitag había predicado que la generación actual necesita ver milagros como los que vieron las generaciones anteriores de pentecostales. "Me duele el corazón, porque no vemos ya muchos milagros en nuestras iglesias", le dijo a los asistentes al Concilio del Distrito. Él veía su cáncer como una oportunidad para manifestar su fe por medio del sufrimiento: "Si tengo que atravesar este valle para encender una fe capaz de creer en un milagro, habrá valido la pena".

Las proclamaciones de fe de Freitag fueron moderadas por el reconocimiento de que Dios no siempre sana. "Yo no sé cuál será el final de todo esto", le dijo a los ministros. "Hebreos 11 lo dice con claridad: Dios libró a algunos, y a otros no".

Uno de los hijos de Freitag buscó al mejor especialista de la nación en mesotelioma, el cual practicaba la medicina en Boston. Tenía una lista de espera de seis meses. Gracias a mucha oración y a una serie de coincidencias oportunas, el especialista aceptó ver a Freitag en una semana. Cuando lo vio, confirmó que Freitag no tenía esperanza alguna de recuperarse. Solo tendría una pequeña oportunidad de extender en algo su vida. Le recetó una fuerte combinación de quimioterapia en cuatro tratamientos. Y le indicó que, en el mejor de los casos, tal vez la quimioterapia reduciría el tumor en un cuarenta por ciento.

Los tratamientos de quimioterapia fueron emocional y físicamente devastadores. Freitag siguió cumpliendo con sus deberes administrativos, pero durante ocho meses no tuvo la suficiente fuerza para predicar ni para viajar.

El pronóstico fue de mal en peor. El médico le informó a Freitag que, además de recibir sus tratamientos de quimioterapia, necesitaba una operación quirúrgica para sacarle del pulmón unos tumores grandes y peligrosos. Se programó la cirugía para el 21 de agosto de 2014. En la víspera de la cirugía, Freitag pasó un examen preoperatorio, y se le tomaron los rayos X finales.

Durante el examen preoperatorio, Dianne, la esposa de Freitag, les había estado testificando a los médicos y a las enfermeras. "Nosotros somos gente de oración", les decía, "y creemos que cuando el cirujano abra a mi esposo, ustedes descubrirán que Dios ya estuvo allí dentro".

De hecho, sí se produjo un milagro entre el examen preoperatorio y la operación. En la mesa de operaciones, los médicos descubrieron que los tumores se habían reducido y se habían muerto. En un día, los tumores se habían encogido en un ochenta por ciento, y el resto de los tejidos cancerosos estaba muerto.

El cirujano no supo qué decir. En todos los años en que había tratado el mesotelioma, nunca había visto suceder nada así. Eliminó los tumores y volvió a coser a Freitag.

Siete meses después, Freitag ha vuelto por completo a su labor en el ministerio, lo cual incluye las predicaciones y los viajes. Recientemente, el especialista de Boston lo declaró libre de cáncer, y no solo en estado de remisión. Y este mes, en un Concilio de Distrito cargado de emoción, Freitag fue reelegido como Superintendente del Distrito con un noventa y ocho por ciento de los votos.

"Me siento abrumado ante lo que Dios hizo", hizo notar Freitag. "Ahora veo cada día como un nuevo regalo." Su experiencia con el cáncer también ha cambiado su manera de relacionarse con las personas. "Me ha cambiado desde dentro hacia fuera", explicó. "Cuando uno está enfermo, no le importa dónde viva, qué auto tenga o cuál sea su título en su trabajo. Yo he reorganizado mi agenda, de manera que pueda pasar más tiempo con mi familia y con mis pastores".

Freitag cree que el mundo necesita ver la realidad de un Dios que obra milagros. Y tiene la esperanza de que su testimonio sea un catalizador que inspire la fe y el evangelismo en Dakota del Norte y fuera del estado. "Ando en busca de fundadores de iglesias que tengan el evangelismo en el corazón", afirma.

Es imposible no sentir la pasión que Freitag siente por Dakota del Norte, que tiene una economía en pleno florecimiento y una cantidad interminable de oportunidades para el ministerio en sus campos petroleros, sus zonas rurales y sus ciudades. El número de seguidores de las Asambleas de Dios en el Distrito de Dakota del Norte creció en un cuarenta y tres por ciento desde 2009 hasta 2013. Según opina Freitag, esto es solo el comienzo.

"Todo el mundo tiene una historia que contar", nos dice. "Si cada uno de nosotros le cuenta a los demás su propia historia, le estaremos abriendo las puertas al evangelismo".

Dios acompañó a León Freitag mientras atravesaba un difícil valle, y ahora su vida es un milagro que da testimonio de la gloria y la bondad de ese Dios.



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